¡Bienvenido a Universo Maker!
¿Es esta la primera vez que visitas el foro? Si es así te recomendamos que te registres para tener completo acceso a todas las áreas y secciones del foro, así también podrás participar activamente en la comunidad. Si ya tienes una cuenta, conéctate cuanto antes.
Iniciar Sesión Registrarme

No estás conectado. Conéctate o registrate

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo Mensaje [Página 1 de 1.]

#1Fuego Empty Fuego el Miér Abr 25, 2018 6:28 pm

Faye Valentine

Faye Valentine
Preámbulo


Un hombre discurre en una versión alternativa de nuestro mundo, donde todo terminó mal. Nacido trecientos años después del día en que todo como se conocía cambió, Zvan Galic es uno de los otros tantos hombres que conforman uno de los últimos bastiones de la humanidad, junto a su padre y su abuelo. Habiendo ninguna posibilidad para revertir el daño, y con la muerte tocando sus talones, su abuelo descubre milagrosamente un plano que indica la posible existencia de un ‘portal’ que podría llevarles a otro lugar, salvaguardado de la hecatombe en la que se sumió el planeta. Embuidos en tan frágil esperanza, se separa un grupo - Zvan incluido-  en pos de El Paso, el mítico puente entre una realidad y otra. Es cuando se bautizan como ‘Cazadores’, y renacen como ‘pistoleros’.  

La fe, sin embargo, empieza a sucumbir ante la adversidad cuando poco a poco su grupo es mermado hasta sobrevivir únicamente Zvan y su padre. Son entonces nómadas en un mundo austero e inhóspito, como tóxico y lleno de peligros. Impulsados sólo por una romántica consigna –Hallaréis El Paso-, se enfrentan a la certidumbre de un fatídico final, incluso si por haberlo intentado. Habiendo superado a Dunn, escapando de sus insondables confines, recorren lo que quedó del mundo sin trazo ni guía. Desconocido para ellos, un antiguo y enigmático ser, ya familiar tanto para su padre como para él, los ha seguido todo aquel tiempo
 



Camino en un desierto de extensión impensable, de arena compacta; un desierto febril, austero, enfermizo. Una larga línea ancha de asfalto se prolonga hasta el horizonte y nos indica que el rumbo es hacia el oeste, pero ya hemos perdido toda dirección. La tierra es ausente, el cielo se muestra gris perenne. Este es el mismísimo infierno, y su rey impera sobre nosotros con su azotante bola de fuego. El viento trae consigo rumores y lamentos que ignoro, pero los puedo oír; tristes odas de almas errantes que rezan perdición. El suelo se ha vuelto brasas que chamuscan mis pies a cada paso. La polvareda baila en vaivenes y espirales a nuestro paso, saludándonos con su sardónica aspereza; siento cada grano como un alfiler en mi piel. Pienso que este es nuestro final. Oigo un grito desde un rincón del infinito — ¡Hallaréis El Paso! —, y no puedo sino trasladarme a Dunn y su apoteosis, donde pistoleros (de mano o de espíritu, da igual) dieron su vida por la búsqueda. Me silencio un momento y no evito pensar que fue todo en vano. Que Pierre Agarde, Jake O’Higgins, Santiago Veracruz y Roy Coleman murieron para nada. Pero Roy tuvo razón en decir que, si moría, se libraba. Pienso en sus palabras mientras miro de soslayo a mi padre. Siento que desciendo hacia la locura, peri mi padre ya me espera en su fondo. Sus ojos están desorbitados, su color es desvaído, su piel está agrietada y quemada. Su rostro es una sombra maldita del hombre que fue. Es un esqueleto andante; ya no piensa ni razona, solo avanza. Lo hace por una ciega convicción que, como una enfermedad, yo también padezco. Intento mojar mis labios resecos, pero solo siento la aspereza de mi propia lengua. Cierro mis ojos un momento que se prolonga inexacto, hasta que oigo un ruido. Los abro para encontrar la visión de mi padre arrodillado (oh, se ha agotado lo último que quedó de sus bríos), y se me destroza el corazón. No tengo una sola lágrima que derramar, empero. Aún no. Me detengo y lo observo sin decir nada, porque tampoco se me ocurre algo que decir. Es el fin y ambos lo sabemos. Las palabras sobran. Mi padre alza la cabeza hasta la burla que es el horizonte y yo lo sigo con mi mirada, es cuando desde los confines de la inexistencia surge un hombre de la nada, caminando cuan tranquilo como quien entra en la recepción de un hotel. Es El Visitante. Por primera vez, en, estimo sin precisión, algo más de treinta y dos lunas, mi padre habla. – Maldigo tu consigna – Su voz es un susurro rasposo y quebradizo. Se escucha el odio que brota de su lengua y los demonios de esta tierra ríen todos al unísono. —Descansa, hazme el favor—, le responde el escuálido ser de anteojos, bien vestido y aromático. Vacuo en su rostro, como siempre. Su tono es suave y amable, pero a mí se me antoja oprobio y vituperable. El extraño ser descubre un revólver plateado que refulge impecable con el reflejo del sol. Mi mano se mueve por sí sola hacia la culata de mi pistola, pero he entorpecido; mis brazos son lentos. Es un burdo intento que no compite con el potente tronido que el hombre ya ha detonado. Mi padre cae violentamente de espaldas y vira su cabeza con su suavidad hacia el este cuando la vida se le termina de escapar. Un sangriento boquete desfigura su pecho huesudo. Contemplo su cadáver y camino con lentitud hacia él. ¿Por qué sonríe? Siento una mano que me revuelve el pelo, pero esta brisa es demasiado fría. Me giro una vez más y le profiero un réquiem. — Hallaréis El Paso — y una lagrima moja mi mejilla derecha por fin. Me incorporo, haciendo tronar mis huesos. Lo atisbo tan inexpresivo como él, y se estremece. Lo hace por un segundo, me percato. Nos separa el silencio y algunos metros. — Ha sido librado —, profesa. Mueve su índice y corazón juntos en una «V» desde arriba hacia abajo enfrente de su rostro. Me vuelvo a mi padre y con suavidad cierro sus ojos con el mismo movimiento, apagando para siempre el cerúleo de su mirada. Planto cara hacia mi enemigo otra vez. No tengo emociones (no me quedan). — ¿Qué hay para mí? — Interrogo impertérrito. Siento otra vez una mano, esta vez en mi hombro. Si es mi padre, me alegra que haya un más allá, en ese caso. Si no lo es, entonces ya estaré muy al borde de la locura. —Fuego, pistolero — Responde con seguridad. Su revólver apunta a mí, y escucho un relámpago. Pienso que es el último cuando me esfumo en la negrura. ¿He sido librado?
FUEGO, PISTOLERO. Retumba en mi cabeza.
Fuego FIRMA

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba  Mensaje [Página 1 de 1.]

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.